Capítulo 3 – Pseudo pastora sensual

Capítulo 3 

Seudo pastora sensual 

Después de estar un tiempo bastante deprimido por lo ocurrido, decidió servir en la iglesia y comprometerse aún más con las cosas de Dios. Aunque esto ya lo venía planeando desde algún tiempo atrás. 

Eliot era un increíble compositor de canciones, le gustaba mucho la música. Los fines de semana que no salía, se la pasaba en su departamento tocando su guitarra muchas horas. 

Decidió realizar una audición para ser miembro del grupo de músicos de la iglesia. 

Al lograrlo, se dio por enterado de muchas cosas que pasan dentro de la misma, situaciones que la mayoría de personas no sabían. Había mucha envidia y celos por las personas que se elegían continuamente para tocar, especialmente los domingos. Determinados músicos hacían fila y esperaban su momento para presentarse. Sin embargo, se complicaba a veces una rotación de músicos justa. Por lo cual había disensiones entre los mismos, por ver quién era más apto. 

Esto a Eliot pareció no importarle, creía que el simple hecho de estar allí era servirle a Dios.  

Después de la escena en la que una noche corrió con Hellen. Eliot decidió ir al gimnasio más a menudo. Para poner un poco de orden a su condición física y eliminar el continuo estrés que le provocaba la vida laboral, que en algunas ocasiones parecía quererlo matar. 

El primer sábado que fue en la mañana decidió ejercitarse los bíceps. Al hacerlo notó a una mujer que parecía estar tomándole fotografías con el trasero. Era enorme, lo primero que vio fue una licra blanca, la cual dejaba notar sin ningún pudor la sensual tanga negra entremetida en las piernas de esa mujer, que parecía casi sin decoro, hacerlo al propio. De todas formas, a que van las mujeres a un gimnasio, si no es a darle forma a su cuerpo en especial los glúteos. Entre cada flexión que hacía, Eliot noto dos cosas; una, era la mujer muy hermosa, con un trasero muy firme y tonificado. Dos, era la seudo pastora de la iglesia a la que él asistía. Se sorprendió de tal manera que le comenzó a latir rápidamente el corazón y tuvo que ir al baño para controlar su erección. Regresando a ejercitarse, ella le sonrió, su nombre era Jezabel. Aunque evidentemente Eliot la conocía porque varias veces la había escuchado predicar en el púlpito. Ella al parecer lo reconoció y después de hacer algunas flexiones se dirigió dónde estaba él y con una sonrisa agradable lo saludó. Le dijo: 

-No sabía que eras tan dedicado, para hacerte fuerte en el gimnasio. 

Dijo Jezabel, un poco sudorosa y con una sonrisa, mientras inspiraba y exhalaba un poco agitada por el ejercicio. 

-Soy nuevo. 

Dijo Eliot. 

-Me alegra mucho que estés aquí, la realidad es que vengo sola y nunca he visto a nadie de la congregación por este rumbo. 

Dijo Jezabel, moviendo la cabeza para acomodar su cabello y colocando sus manos en la cintura. 

-Me alegraría saber tu nombre. 

-Me llamo Eliot.  

Dijo mientras levantaba una mancuerna. 

-Un gusto Eliot, me alegra no estar tan sola acá y tener alguien de la iglesia es nuevo y agradable. Así tengo con quien charlar. 

Después de ese día pasaron 3 meses de los cuales. Eliot se hacía cada vez más amigo de Jezabel. Quien tenía un carisma propio de una cantante famosa y además un cuerpo envidiable para cualquier mujer de su edad, que rondaba entre los 37 y 39 años. Era casada y tenía una hija de 15 primaveras. 

Se hicieron muy buenos amigos, tanto que Eliot comenzaba a fantasear con ella. En realidad, ya lo había hecho varias veces desde que la veía en el púlpito predicando, pues vestía de una manera muy sensual. Ajustados los pantalones, a veces con vestidos muy pegados al cuerpo y cortos. Los cuales los relieves del mismo, mostraban la clase de ropa interior que llevaba puesta en la iglesia. Casi siempre eran tangas o hilos brasileros, aunque algunas veces también usaba cacheteros. 

Era increíble cómo podían concebir esto con tal normalidad los demás miembros de la iglesia, este liberalismo femenino, que emocionaba a los hombres de una manera obscena. 

Pasó el tiempo y se convirtieron en compañeros inseparables, salían a correr, a paseos, al gimnasio y se veían en la iglesia. 

Un día Jezabel, le comentó a Eliot un secreto casi sin querer, de repente en las últimas semanas tenían unas conversaciones muy fluidas he intrigantes, propiamente de personas que tenían confianza mutua. A tal grado que estaban por entrar en una charla bastante intima para Jezabel. La cual le confesó que desde hacía siete meses su esposo no la tocaba en la cama. Y que ella estaba consternada por dicho evento. A tal grado que sentía debilidad, pues necesitaba la compañía masculina intima normal, que una pareja de casados requería. Y que, por tal motivo en las últimas semanas, había tenido ganas de tocarse y una vez lo hizo en la ducha de su casa. 

Eliot se espantó al escuchar tal parrafada, que se sintió realmente culpable y sucio. Parecía una telenovela lo que le estaba contando precisamente en este lugar, un cuarto que quedaba atrás del púlpito, en donde acudían los ministros antes de presentarse en la congregación.  Evidentemente estaban los dos solos, en ese preciso momento Jezabel tenía que acudir pues la estaban llamando para la predica, así que la conversación se cortó abruptamente. 

Al tiempo la lujuria se apoderó de los dos. Y una cosa llevo a la otra. Hasta que un día Jezabel, invitó a Eliot a su casa con el pretexto que se había comprado una caminadora, algunas máquinas y mancuernas de gimnasio y le gustaría que él las viera.  

Eliot sabía lo que estaba sucediendo y adonde llegarían las cosas. Lo inevitable ocurrió, la lujuria se apoderó de ambos y en ropa deportiva muy sugerente llevaron las cosas al extremo. El adulterio dio lugar a un placer prohibido. 

Los frutos fueron un escándalo de gran magnitud y Eliot abandonó a Jezabel y la iglesia para siempre.